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Había una vez la sensación de existir que permanecía latente en el corazón despierto.
La sensación parecía poder durar años en el espectro del tiempo, una y otra vez tomando forma y densidad. Se convertía en emoción... se sentía como si se pudiera mover, se sentía vida.
Se escuchaba cantar el son del alma y su esencia en el espacio, dando el color a la sensación. Siento que existo, pero es solo la sensación de movimiento en donde nada es lo que pretende.
Por la mañana miré en el pozo de mis ojos y observé la vida eterna que contienen: me hundo en ellos y existo otra vez en ningún lugar aparente, solo en un atisbo en la esencia del espacio y su contexto abierto; atento a mi respiración. Es increíble que para esto muchos paguemos impuestos.
Exigente en forma y para su comodidad, el mundo requiere de pago por evento; mientras el corazón late confiado de que seguirá latiendo sin tener ni un centavo en su funcionamiento natural. Es esa sensación de existir en una de las miles de épocas, dónde las cosas son solo lo que son por lo que van desarrollando; asi ha sido.
Había una vez el corazón despierto en la jungla del mundo entero.
Cierro los ojos.
Veo con los ojos cerrados, veo con los ojos abiertos; veo y solo me da por seguir sintiendo la sensación de existir mientras respiro el aliento y esencia. Vivo.
Todo sigue respirando, moviendose, expandiéndose hacia dentro y hacia afuera. Es a veces un mareo donde se cortan los circuitos de la realidad, efervescente en los químicos corporales, mientras se hace fila para pagar en el supermercado el alimento del organismo domesticado y consumidor. Es solo la naturaleza en desarrollo, pura en esencia.
Había una vez el ímpetu del alma, que sentía no caber en el corazón, de lo inmenso que era.
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